Biblia e Interculturalidad: Un acercamiento desde Daniel 1

Luis Carlos Marrero

Mi tiempo se ha prendido a sus imágenes: comarcas y bosques

me han llamado desde lejos, arenas por donde anduve errante.

Edouard Glissant.

I. Esclareciendo algunos detalles…

Partiremos de la premisa de que la cultura es un elemento indispensable en el ser humano. Me gustaría retomar un concepto al que apuntaban Marx y Engels: “…la cultura es –antes que una acumulación de conocimientos- un complejo factor ligado al proceso de intercambio, cuyo alcance puede ir más allá de los individuos pertenecientes a un mismo grupos social, y proyectarse hacia el intercambio entre naciones”,[1]  pero la misma puede convertirse en cultura excluyente y dominadora en su encuentro con otras culturas.

Comenzando este análisis, y adentrándonos en la perspectiva bíblica, la Biblia, más que un acumulado de conocimientos es sin duda un intercambio cultural entre las naciones que rodearon el antiguo Israel. Si nos detenemos detalladamente desde la perspectiva cultural, encontramos mitos, poesía, anécdotas y narraciones muy similares a las contadas y narradas por Egipto, Mesopotamia, Persia y otros vecinos de Israel. Así nos atreveríamos a hablar de un proceso de interculturación de Israel con las naciones vecinas.

Ahora ¿qué pasó más tarde en este proceso de conformación cultural de la nación israelita? Más allá de todo lo narrado histórica y bíblicamente, Israel se convirtió en una nación cultural – y religiosamente- excluyente y dominadora de otras culturas. Por eso evitaremos en este artículo hablar sobre inculturación o aculturación[2], pues consideramos no propicios los términos para nuestra perspectiva intercultural. Sin embargo, aún dentro de este proceso, algunos textos nos muestran una perspectiva diferente. El paradigma por excelencia es el propio Jesús. Su encuentro con la mujer samaritana (Jn 4); la mujer siro-fenicia (Mc.7) y tantos otros, nos muestran a un Jesús que no rompe con los patrones culturales de su época como muchas veces afirmamos, sino, por el contrario, es capaz de mantener un diálogo culturalmente distinto con el/la otro/a reconociendo en las normas culturales de los/as mismos/as, espacios de transformación en su ministerio.

Así desde esta pequeña introducción y abriéndonos a la interculturalidad como categoría hermenéutica, trabajaremos el texto de Daniel 1 desde el diálogo de culturas presentes en el mismo. En este sentido, consideramos que el texto escogido puede aportar a la búsqueda de respuestas a nuestra situación actual, donde la cultura o los elementos que la componen, prácticamente se han convertido en marketing folclórico del proceso globalizante y neoliberal. Emprendamos nuestro viaje…

II. Comienzos de una historia…

Siempre que hacemos un análisis cultural de un texto debemos de ubicarnos en el contexto histórico que fue escrito, y cuales eran –o son- las intenciones del autor. El Antiguo Oriente conocía desde hace mucho tiempo ciertas formas narrativas que no eran ajustables a lo que hoy conocemos por “historia”. En Mesopotamia se cultivaba la epopeya (Gilgamés) y en Egipto el cuento (Wen-Amón) y la novela histórica (Sinuhé). Desde Malí nos llega la Epopeya de Sundiata, o desde Sudáfrica la Epopeya de Shaka, fundador del imperio zulú. Así, pues no es extraño encontrar estas formas literarias en la antigua literatura judía. El cuento de Job sirve de marco a un diálogo sapiencial ó Judit que va más allá de la liberación conseguida en tiempos de los macabeos.

Daniel es un personaje del mismo género, asignado a una de las épocas más difíciles del pueblo hebreo: el destierro o cautividad en Babilonia. Así en el libro podemos encontrar un conjunto de relatos didácticos a los que no se les deben atribuir ninguna historicidad en el sentido moderno de la palabra. Su relación con las circunstancias concretas de la época en que vive el narrador es muy diferente según los casos.

El nombre Daniel figuraba ya en la literatura Ugarit. Pero no existen posibilidades de reconstruir una historia real del profeta Daniel basándose en los episodios del libro. Es el historiador judío Flavio Josefo quien orientó la lectura de los cristianos al proyectar sobre él los cánones de la literatura griega. En estas condiciones, tenemos entonces un libro con una serie de episodios ocurridos en la vida de este personaje, deportado a Babilonia en su juventud (606 a.C), que vivió bajo una serie de reyes babilónicos (Nabucodonosor y Baltasar), luego medos (Darío) y por último persas (Ciro), hasta el año 3 de este último, que la historia real ubica en el 535 a.C. De esta manera el joven Daniel “históricamente” tenía 85 años.

Otros de los géneros literarios a los que recurre el autor es el apocalíptico. La palabra Apocalipsis significa en griego “revelación”. El verbo correspondiente, apokalyptein se utiliza siete veces en el relato de Daniel 2, seis de ellas en relación con la palabra mysterion. Los misterios en cuestión pueden ser de varias clases: del cielo y de la tierra, del mundo invisible, misterios divinos y muchos otros. El género apocalíptico tiene que ver con todo esto. No era desconocido en el Medio Oriente el libro de Daniel, pero se refería esencialmente a lo que podía ser una enseñanza esotérica. Dos líneas religiosas-culturales conforman la trama del libro. Por un lado prolongar la antigua adivinación, escrutando los secretos del porvenir, sobre todo por la astrología, especialidad de los caldeos en la época helenística y por otro lado, resolver los secretos del universo a través de las ciencias babilónicas.

Una última y esencial preocupación del libro es el desarrollo del designio de Dios. Este se manifiesta concretamente en ciertos relatos donde Dios revela el porvenir por medio de sueños complicados (Dn 2; 4; 7) y de visiones (Dn 8, 10-12). En cierta medida, esta presentación está en contacto con la adivinación mesopotámica, aunque sólo sea por la complicación de los sueños y las visiones y por la forma de explicarlos. Esto constituye un aspecto netamente cultural dentro del libro, en un contexto en el que helenismo había absorbido la ciencia de los caldeos. De hecho, los sueños y las visiones ya existían en la antigua literatura israelita; aquí solamente se introduce un elemento tradicional en esta modificación literaria. Usando este amasijo de culturas y géneros literarios, nos acercaremos al primer capítulo del libro de manera introductoria desde la perspectiva intercultural.

III. El año tercero del reinado de Joaquín…

El libro de Daniel consta de dos partes bien diferenciadas. La primera (caps. 1–6) es de carácter narrativo y tiene como protagonista a un joven judío llamado Daniel. A este joven lo llevan de Jerusalén a Babilonia, y allí, con tres de sus amigos, recibe una educación especial para prestar servicios en la corte del rey Nabucodonosor. En la escuela de la corte real, aprende la lengua y la literatura de los caldeos (Cf. 1.4), y muy pronto se destaca por su sabiduría extraordinaria: cuando falla la ciencia de los magos y adivinos, Daniel, gracias al Dios que revela las cosas profundas y secretas (2.22), logra descifrar el significado de los sueños e incluso es capaz de leer e interpretar una escritura misteriosa (5.24–28). Además, él y sus compañeros israelitas cumplen con toda fidelidad las prescripciones rituales del judaísmo, en particular las relativas al consumo de alimentos, y el Señor los recompensa dándoles una salud y un aspecto mejores que el de los jóvenes alimentados con la misma comida que se sirve al rey (1.8–16). Esta estricta fidelidad a la religión de sus padres hace que en repetidas ocasiones se vean sometidos a gravísimos peligros, pero el Señor los libera milagrosamente de todos los males.

En lo que respecta a la fecha de composición del libro, las opiniones están divididas. Algunos piensan que fue redactado durante el exilio en Babilonia, y otros en la época de los macabeos. En favor de esta segunda fecha están las referencias bastante evidentes a la persecución del rey Antíoco IV Epifanes. Más aún: el libro alude repetidamente a la profanación del templo de Jerusalén por parte de este monarca helenista, y a la consiguiente persecución de los israelitas (9.27; 11.30–35). Pero estas claras alusiones contrastan de manera notable con la vaga referencia a su muerte (11.45), acaecida en el 164 a.C. Esto hace pensar que la redacción definitiva del libro se llevó a cabo poco antes de la muerte de Antíoco IV, es decir, hacia el año 165 a.C

La composición de este capítulo inicial fue en hebreo, a diferencias de otros capítulos que fueron escritos en arameo con glosas explicativas (Dn 2 al  7). No es imposible que una tradición oral haya precedido a la composición de este capítulo y evocado la existencia de un tal Daniel en el marco de la cautividad de Babilonia, aunque esta tradición sigue siendo imposible de captar.

Este capítulo tiene como fin no sólo introducir los oráculos y relatos apocalípticos que tienen como héroe a Daniel, sino también añadir a ellos la tradición relativa a los tres jóvenes: Ananías, Misael y Azarías (v.6). Por eso Daniel y los jóvenes, a pesar de conservar en el ambiente judío sus nombres hebreos, reciben también nombres mesopotámicos para ser introducidos en la corte real (v.7). Después del capítulo 3 ya no vuelve hablarse de los compañeros de Daniel, por tanto, su inserción en la historia es artificial. Pero la situación que presenta este capítulo corresponde exactamente a la costumbre de las cortes helenistas, en donde se educaban aparte los pajes del rey.

Dos ejes fundamentalmente culturales atraviesan este primer capítulo: el aprendizaje de la lengua y la literatura caldea y el detalle de la comida y bebida. En un primer momento de la lectura del texto todo parece indicar que Daniel y los tres jóvenes se ven sometidos a aprender todo lo relacionado a la literatura caldea (v.4). Desde una perspectiva histórica-cultural del texto debemos recordar que no seleccionaban a cualquier joven sino poseía ciertas condiciones físicas e intelectuales. Los letrados de la época debían ser especialistas en la lectura de los caracteres cuneiformes y la práctica de dos lenguas muertas: el acadio y el sumerio. Estas lenguas fueron conservadas en los templos de Babilonia hasta la conquista romana, concretamente para las especialidades adivinatorias a las que se alude al final del capítulo (vv.19-20).

Los tres años de educación (v.5) no son demasiados para iniciarse en estas cosas, pero podía ser el tiempo fijado para la formación de los pajes en las cortes helenistas de los siglos II y III. O sea, en este relato confluyen tres grandes tradiciones culturales: la judía, la caldea y la helénica.  Tres posiciones dentro de un mismo contexto histórico-cultural: la cautiva, la dominante y la imperial.

El otro eje fundamental es la comida y bebida que le ofrecen a Daniel y los tres jóvenes. La intencionalidad del autor que pone en boca de Daniel un diálogo con su guardián, es la de elogiar la abstinencia practicada por Daniel –símbolo del pueblo judío- y sus compañeros (vv.5-16): el éxito de esta dieta solo de legumbres demuestra la superioridad de los alimentos kasher sobre las comidas de la corte helénica. De esta manera la comida como elemento cultural de identidad sirve como resistencia cultural a nuevos patrones dominantes.

Pero lo esencial del relato viene al final: los jóvenes judíos no solo se instruyeron en la literatura y cultura de los caldeos, sino que recibieron de Dios una sabiduría superior a la de todos los adivinos del reino (vv.19-20). El trasfondo del relato trata de proclamar indirectamente la superioridad de la sabiduría judía sobre la ciencia y sabiduría de los caldeos. El final del relato (v.21) abre una perspectiva  de futuro que conducirá hasta el término del libro.

IV. La historia hoy….

Cierto es que estamos en una época pluri-cultural y pluri-religiosa, es decir, diferente. Las culturas autóctonas de América Latina, África y otros lugares de nuestro planeta levantan sus voces frente a la única cultura dominante y excluyente, de venta en todas las áreas del mercado: el neoliberalismo. Cuba no está exenta de tal situación. Nuestros jóvenes a través de su música, su arte y su literatura, nos retan a escuchar esta polifónica realidad.

La Iglesia cubana debe perder el miedo de dialogar con lo diferente, de interculturalizar su discurso y praxis para que al igual que Daniel, adquiera mayor sabiduría frente a los “caldeos del imperio”. Cuando leemos textos de poder, debemos tomar distancia de los mismos. Cada re-lectura de textos legitima lo que hacemos, creando procesos de poder. El libro de Daniel nos da esa posibilidad cuando hacemos de la cultura nuestro espacio hermenéutico.

La lectura intercultural de la Biblia y el libro de Daniel nos lanzan algunas preguntas a nuestra amada isla:

¿Quiénes son hoy los Nabucodonosores dentro y fuera de nuestras Iglesias? ¿Qué patrones culturales estamos transmitiendo dentro de nuestras comunidades? ¿Hasta que punto nuestros modelos culturales pueden ser excluyentes y dominadores? ¿Qué tipo de “comida” ofrecemos hoy a nuestros vecinos/as, amigos/as cuando nos “visitan”?

Estas y otras interrogantes pueden ser respondidas desde el diálogo intercultural con nuestra propia cultura. No podemos omitir que la religión también es un elemento fundamental en la formación cultural de una nación o país. Atrevernos a dialogar y compartir con el/la otro/a es la sabiduría más genuina que Dios puede otorgar. Ponernos en el lugar del/la otro/a y sentir nuestros pies metidos en el barro, es hacernos cuerpo solidario, cuerpo parte de otros cuerpos. Visitemos nuestras Samarias y Galileas y como Nicolás Guillén cantemos:

¡Eh, compañeros, aquí estamos!

Bajo el sol

nuestra piel sudorosa reflejará los rostros húmedos

de los vencidos

y en la noche, mientras los astros ardan en la punta

de nuestras llamas,

nuestra risa madrugará sobre los ríos y los pájaros.

 

Bibliografía

Bible Works 6.0. Versión CD-Rom. 2005.

FORNET-BETANCURT, Raúl. Hacia una filosofía intercultural latinoamericana. DEI: San José, 1994.

GRELOT, Pierre.  El libro de Daniel.  Cuadernos Bíblicos. No.79, Editorial Verbo Divino: Estella, Navarra. 1999.

MARX, Carlos y Federico Engels. La ideología alemana. Editora Política: La Habana, 1979

The New Interpreter’s Bible.  Versión CD- Rom. 2002.

[1]Cfr. Lo que apuntan Carlos Marx y Federico Engels en La ideología alemana. La Habana, Editora Política, 1979. p.453

[2] Ambos términos de una manera u otra absorben los elementos culturales del/la otro/a reacomodándolos a la cultura dominadora y de esta manera –a veces muy sutil- se imponen los patrones culturales de dicha cultura. Ejemplo: América Latina y Caribe.

Biblia e Interculturalidad: Un acercamiento desde Daniel 1. Luis Carlos Marrero