Un país pequeño, un santo gigante

Por Rafael Barrera Yanes

15 de agosto de 2018

 

“El Pueblo te hizo santo”1

Pedro Casaldáliga

 

Por su poca extensión territorial, inferior a la de los demás países de esa región, El Salvador es conocido como el enano centroamericano. A mediados de la segunda mitad del siglo XX ocupó la atención de los medios de comunicación a causa de la violencia desatada por el gobierno y el ejército salvadoreños contra la población.  Las principales víctimas fueron los campesinos, a los que se acusaban de ser guerrilleros o colaboradores de ellos. También otros sectores de la sociedad, incluidos no pocos catequistas, agentes de pastoral, religiosas, sacerdotes y hasta un obispo, monseñor Óscar Arnulfo Romero Galdámez, arzobispo de San Salvador, fueron ultimados por manos militares o sicarios a sueldo de la oligarquía. Siempre se repetía el argumento de que eran comunistas infiltrados en la iglesia. Hasta llegó a proclamarse una tenebrosa incitación: ¡Haga patria, mate un cura!

 Nace un niño que será pastor y mártir

El segundo hijo del humilde matrimonio formado por  Santos Romero y Guadalupe Galdámez, nació el 15 de agosto de 1917 en Ciudad Barrios, departamento de San Miguel, El Salvador. Le pusieron por nombre Óscar Arnulfo.

Cuando era un niño de pocos años se entusiasmó mucho con la visita  que hiciera a Ciudad Barrios el primer obispo que tuvo San Miguel. Lo acompañó en todo el recorrido y monseñor quedó encantado con él. Ya en la despedida, delante de todos los presentes, el obispo le preguntó que deseaba ser cuando fuera grande. Óscar le respondió  que padre. De inmediato monseñor apuntando a la frente del niño con su dedo, le marcó su destino diciendo: Obispo serás.

En 1930, con trece años de edad, entró al seminario para formarse como sacerdote. Siete años más tarde ingresa al Colegio Pío Latinoamericano  de Roma para continuar sus estudios eclesiásticos en la Pontificia Universidad Gregoriana. Fue ordenado sacerdote con 24 años de edad, el 4 de abril de 1942, en la capital italiana. En 1943 regresa a El Salvador donde comienza su labor  sacerdotal.

El papa Paulo VI lo designó obispo en 1970 y posteriormente, el 3 de febrero de 1977, lo nombró arzobispo de San Salvador.

En esos años la situación del país era convulsa. La violencia creciente alcanzó a sacerdotes. El 12 de marzo de 1977 asesinaron al padre Rutilio Grande, amigo personal de Romero. Este hecho es reconocido como el que llevó a monseñor Romero a una conversión definitiva en su seguimiento de Jesús de Nazaret. Ya no sería el mismo. Su voz profética se alzó cada domingo en la catedral para denunciar las agresiones, desapariciones y asesinatos que aumentaban semana tras semana en el país. Por eso le identificaron como la “voz de los sin voz”.

En la que fue su última homilía dominical en la catedral, el 23 de marzo de 1980, hizo un llamado al ejército para que dejara de matar a tanta gente. Con voz pausada y firme expresó: “en nombre de Dios y de este pueblo sufrido… les pido, les ruego, les ordeno en nombre de Dios, CESE LA REPRESION”.

Para muchos esta fue su sentencia de muerte. Al día siguiente mientras celebraba la misa en la capilla del hospital de La Divina providencia, un francotirador lo hacía mártir. Y desde entonces el Pueblo lo reconoció como santo.

Solo tres años estuvo de arzobispo, pero suficientes para que su actuación trascendiera las fronteras salvadoreñas y, tras su abrupto final, emergiera como San Romero de América.

 Profeta vivo, no santo de estampita

Su denuncia de las muertes que se sucedían a diario y la injusta situación social prevaleciente en el país provocaba malestar entre los que detentaban el poder económico y político. Para él, sus palabras y acciones eran coherentes con su condición de cristiano y pastor, cumplir con la misión de la Iglesia. Lo contrario es traicionar esa misión. En la homilía del 21 de agosto de 1977 lo expresó con firmeza y claridad:

“Si uno vive un cristianismo que es muy bueno, pero que no encaja con nuestro tiempo, que no denuncia las injusticias, que no proclama el reino de Dios con valentía, que no rechaza el pecado de los hombres, que consiente, por estar bien con ciertas clases, los pecados de esas clases, no está cumpliendo su deber, está pecando, está traicionando su misión. La Iglesia está puesta para convertir a las personas, no para decirles que está bien todo lo que hacen; y por eso, naturalmente, cae mal. Todo aquél que nos corrige, nos cae mal. Yo sé que he caído mal a mucha gente, pero sé que he caído muy bien a todos aquéllos que buscan sinceramente la conversión de la Iglesia.” 2

En los evangelios se describe cómo las enseñanzas y gestos de Jesús irritaban a los dirigentes religiosos y civiles de su época, lo que provocó que conspiraran para acallarlo hasta el punto que decidieron matarle. Tal como Frei Betto ha precisado en muchas ocasiones: Quienes queremos seguir a Jesús de Nazaret, hemos de estar conscientes de que fue un prisionero político, torturado, sentenciado a muerte y ejecutado con una cruel agonía como a un rebelde de entonces: la crucifixión.

La sólida espiritualidad cristiana de Romero le dispuso a afrontar las consecuencias de sus denuncias y reclamos de justicia social para los sectores populares empobrecidos. Era consciente de que le podían matar. Alguien contó que cuando le preguntó si no tenía miedo a la muerte, respondió: “He sido frecuentemente amenazado de muerte. Debo decirle que, como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección. Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño.” 3

Como hicieron con Jesús de Nazaret, a Romero le mandaron a matar.

Reconocido como mártir y santo por el pueblo, tras un tortuoso y entorpecido camino se logró iniciar en 1990 el proceso para su canonización. Su causa no prosperaba pues tanto el nuncio apostólico en El Salvador, como varios obispos salvadoreños, así como sectores oligárquicos del país enviaban mensajes al Vaticano para desacreditar a monseñor Romero. Incluso llegaron a decir que lo mataron por estar metido en donde no le correspondía.

Finalmente, se logró desempolvar el proceso y el 3 de febrero de 2015, el papa Francisco firmaba el decreto declarando que Óscar Arnulfo Romero Galdámez había muerto in odium fidei, es decir, le habían matado por odio a su profesión de fe.

En 2018, cuando se cumple el 101 aniversario de su nacimiento y 38 de su martirio, el Vaticano ha anunciado que la ceremonia de proclamación de Romero como santo de la Iglesia católica se celebrará en la plaza de San Pedro, en el Vaticano, el 14 de octubre de este año.

Tanto en El Salvador, como en otras regiones del mundo ha habido una explosión popular de alegría por el reconocimiento institucional de monseñor como santo. También los sectores tradicionales de la Iglesia han acogido este hecho con acciones tales como la impresión de millones de estampitas con la imagen del obispo y que en su reverso muestra una oración para pedir el favor de Romero ante un problema de salud u otro cualquiera de imposible o muy difícil solución. En fin, haga un milagro. Además, las expresiones devocionales con un espiritualismo formal dedicadas a Romero han ido incrementándose, sobretodo en su país.

La propuesta de un monseñor Romero llevado a los altares, convertido en santo de estampita y objeto de devoción entraña un riesgo enorme para la causa por la que se convirtió en mártir. Dejar que se diluya su carácter profético en un mar de manifestaciones religiosas espiritualistas, sería como matarlo nuevamente, ya no su cuerpo, sino su espíritu. Sería una irresponsable conducta ante tanta injusticia en este mundo; ante tanta muerte por la violencia de las guerras, del terrorismo, del hambre, de la insalubridad, del egoísmo y del lucro; ante tanto odio al diferente; ante la discriminación y la exclusión; ante la opresión que sufre la mayor parte de la humanidad.

El profeta Romero tiene mucho que continuar denunciando y demandando. Él se mantiene vivo en los que guiados por su ejemplo actúan para que el mundo cambie y sea un lugar mejor donde vivan dignamente todas y todos.

Por eso, san Romero de América, “voz de los sin voz”, fue, es y será profeta vivo, no santo de estampita.

En Cuba, también Romero tiene que decir y hacer

Desde 1959, con la Revolución triunfante del primero de enero, la sociedad  cubana comenzó a transitar el camino anhelado de la justicia social. Contra viento y marea, a pesar de las agresiones y el establecimiento de un bloqueo genocida por parte de los Estados Unidos de América, con sus luces y sombras, sus éxitos y tropiezos, sus aciertos y desaciertos, se ha mantenido la voluntad política de preservar los niveles alcanzados en el desarrollo social y continuar apostando por el socialismo.

En este bregar, cristianas y cristianos, en su mayoría provenientes de la Iglesia católica cubana, tuvieron la iniciativa de crear en La Habana, en mayo de 1984, el Grupo de Reflexión y Solidaridad  Óscar Arnulfo Romero (OAR), que como otros grupos o comités Romero en diferentes países, tuvo como propósito inicial  denunciar la violencia en la región centroamericana que involucraba principalmente a El Salvador, Guatemala y Nicaragua, así como acompañar solidariamente a las víctimas de esos conflictos. Una dimensión fundamental fue incentivar la participación consciente desde la propia identidad cristiana de sus integrantes en el proyecto social cubano. A este fin se abrieron espacios de reflexión y debate con temas sociales o del ámbito religioso.

En más de treinta años de funcionamiento, el Grupo evolucionó tanto en su membresía como en sus objetivos.  La práctica social hizo a la organización más inclusiva, sin limitaciones en cuanto a credo religioso, condición de género, o cualquier otra discriminación. Un paso decisivo fue dedicarse al trabajo por la no violencia hacia la mujer. La ampliación a la no violencia de género y a la equidad social en todas sus dimensiones conforma el principal quehacer de OAR en la sociedad cubana.  Para lograr estos propósitos se desarrolló el trabajo comunitario en diferentes lugares del país, con presencia en casi todas las provincias.  En lo metodológico, se adoptó desde el comienzo la educación popular

En 2015, el Grupo se constituyó como Centro Óscar Arnulfo Romero (OAR). Inspirado en el ejemplo del obispo salvadoreño continúa la labor desarrollada hasta entonces, pero con una estructura institucional más sólida y dinámica.

En su proyección profética, OAR se une solidariamente a otras organizaciones dentro y fuera de Cuba en la denuncia de injusticias sociales, violación de derechos humanos, agresiones y actos de violencia dondequiera que ocurran. Junto con el pueblo cubano exige el cese del bloqueo estadounidense contra Cuba y la devolución del territorio ocupado por la base naval de Caimanera en la provincia de Guantánamo. Aboga por el establecimiento de relaciones normales entre Estados Unidos y Cuba.

Una espiritualidad liberadora, con una práctica ecuménica y relaciones interreligiosas amplias, forma parte de los principios en que se asienta el actuar de OAR.

Con seguridad muchas personas en Cuba desconocen quien fue monseñor Romero, obispo de un país pequeño, EL Salvador, pero con certeza la acción profética de san Romero de América, un santo gigante, se hace presente en la sociedad cubana.

Notas

1 Verso del poema “San Romero de América, Pastor y Mártir nuestro”  del obispo Pedro Casaldáliga.

2 Richard, Pablo. La fuerza espiritual de la palabra de Monseñor Óscar A. Romero. San José, Costa Rica.

3 López Vigil, María. Monseñor Romero. Piezas para un Retrato. Editorial Caminos. La Habana, 2002. Pp. 309-310.

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Richard Marrero Márquez

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