Despuntando aquel corte. De formas patriarcales en desuso y nuevos modelos posibles

Daylíns Rufín Pardo

Hay gente que cose para afuera, yo coso para adentro

Clarice Lispector

Despuntando el modelo de corte patriarcal

Existe un criterio historiográfico que reza que es historia lo que deja de ser noticia. Y tal aseveraciónnos permite apelar a una suerte de silogismo que, a su vez, conduce a un terreno epistemológico fértil cuando de explorar temas actuales se trata: para entender lo que es noticia, entonces no podemos dejar de ver la historia.

Escoger como sitio metodológico el lugar de construcción de sentido al que nos remiten las lógicas de este supuesto ofrece, además, el espacio propicio desde donde desplegar la mirada sobre un tópico que cada vez reclama ser notado con más justicia: el rol de las mujeres.

Levantarlo que sabemos sobre las mujeres nos remite a explorar lo que ellas hicieron, a observar sus actuares rebeldes u ortodoxos, a escudriñar sus posicionamientos, encuentros y desencuentros despertando el deseo de reconocer sus transgresiones hechas de desvelos y sueños; por lo que este cometido llevará implícito una labor de de construcción de la propia historia tal como fue contada y nos llega. Demandará la labor de rehacer, críticamente, el tejido textual.

Cuando la labor de revisión crítica de la historia tiene que ver específicamente con la reconstrucción de la historia de mujeres de la Biblia —sean estas del primer o segundo testamento—, otras aristas interesantes afloran. La colección de textos que es la Biblia fue compuesta y compilada desde una matriz cultural que en la actualidad identificamos como patriarcal, esa que construye una idea y praxis del mundo donde el hombre es sujeto y medida de todas las cosas, condenando a la mujer solo como objeto complementario del mismo. Y estas características son susceptibles de aflorar y desplegarse en esa colección de textos sagrados, tal como nos ha llegado.

Una manera de ser hombre y ser mujer se legitiman. Ese modelo de corte patriarcal que nos fue donado ha sido adherido a nuestra identidad genérica polarizándola en arquetipos y estándares de lo femenino y lo masculino. Funge como un traje que cubre y muestra lo que hemos sido y somos, cuando de diseñar la historia se trata.

Por esto el tejido textual bíblico ha promulgado también un diseño de hombre y mujer que fue modelado privilegiando formas y texturas determinadas por intereses que no previó el gran modisto: Dios que a su imagen nos creó varones y hembras, diversos y desnudos (Gn 1:27), que no quiso arroparnos, revestirnos y cubrirnos más que de forma tan natural como la de una “gallina que abraza a sus polluelos” (Mt 23:37b; Lc 13:34b). Imágenes estas que se liberan del patrón común y han quedado guardadas, junto a otras, en los bolsillos interiores del diseño textual que privilegió la historia contada desde los varones.

Deshacer para recolocar, deshacer para reacomodar desde la propia comprensión y posibilidades de la pieza en sí (el relato dado) y su tejido es, sin lugar a dudas, una tarea delicada, compleja y que necesita devarias herramientas diferentes.

La cultura patriarcal, como toda matriz cultural, es una fábrica de modelos y sentidos. Pero a pesar de sus patrones fijos, quedejan sello y estilo explícito en todas sus composiciones, es posible encontrar piezas diversas dentro de ella. Todo producto textual posee sus particularidades y partículas propias, pese a provenir de la misma tela o modo de construcción. Los textos bíblicos no escapan de esto. Una de estas colecciones únicas es la que narra la vida de mujeres del Antiguo Oriente medio y próximo: mujeres de “épocas bíblicas”. La labor de reconstrucción historiográfica de las piezas que agrupa esta colección va a requerir específicamente el uso de varios instrumentos precisos. Identificar y caracterizar de forma somera los textos bíblicos, será en lo que ahora habremos de enfocarnos.

 

 (Des)armando las piezas para transformar ese corte

Un paso primario importante al remodelar un material consiste en conocer de qué está compuesto el mismo en su esencia. La labor de reconstrucción histórica de las mujeres de las llamadas épocas bíblicas posee como fuente principal los propios textos bíblicos. Esta fuente, sin embargo, no es histórica. No en el sentido historiográfico moderno del término.

Todo relato bíblicoes histórico-kerigmático, en esa misma medida. Es este su ADN, la fórmula indisoluble que los constituye, así como dos átomos de hidrógeno y uno de oxigeno conforman el agua cualquiera sea su estado. Se auto comprenden e inscriben dentro de la historia. Algunos más explícitamente que otros, hasta llegar a proveer de datos que intentan dar razones de ubicación en una determinada época (como la mención de fechas, de monarcas, de sitios y reinados), pero ninguna historia bíblica está exenta de ser contada en función de un kerygma, o sea, de una proclamación o mensaje oportuno, importante y legítimo para el grupo que compila, redacta o recrea dicha historia.

Esta caracterización de la propia fuente es indispensable desde el punto de vista de la reconstrucción crítica de la historia en clave de género, porque revela algo muy importante: no existe texto sin ideología. Y siendo la ideología patriarcal la que predomina (¡y post-domina aún!) muchas de estas narrativas, así como sus interpretaciones, comentarios, reactualizaciones y reediciones ulteriores, el criterio de predisposición ideológica de la propia fuente se vuelve pieza clave cuando de despuntar para un nuevo modelo se trata.

El sustrato ideológico, por tanto, se nos vuelve no solo indispensable, sino además una instancia metodológica precisa, un corredor donde los pasos de la hermenéutica feminista necesariamente han de resonar y son más que bienvenidos.

Una segunda pieza clave que ayudaría a recrear la hechura patriarcal de las narrativas que agrupan el primer y segundo testamentos, lo constituye la conformada por las lenguas bíblicas. El lenguaje es expresión de la cultura y la propia construcción, uso y declinación de ciertos términos y vocablos nos ayuda a identificar y confrontar el sustrato ideológico que sesga y determina el corte de un tejido narrativo.

En el caso de la lengua hebrea esta arista posee una riqueza extraordinaria. La propia construcción y evolución epocales de esta nos informan del lugar que ocupaban en el imaginario los hombres y mujeres, así como de las características que fueron atribuyéndose en sus roles y definiciones a lo masculino y lo femenino.

No es azar que el paradigma más simple de los verbos enhebreo y su expresión más sencilla y primigenia partan de “él”, la tercera persona masculina singular. Tampoco es casual que la asignaciónde género de los vocablos esté determinada por el supuesto rol genérico, como por ejemplo en el caso de los nombres de las ciudades que se consideran femeninas por considerárseles “madres” de sus habitantes; ni que a las consonantes que en un momento determinado en la evolución de la lengua se les atribuyó función vocálica (algunas de las después devenidas en vocales largas) queden inscritas en la gramática posterior con la designación de matres lectiones,[1] que significa a su vez “letras madres” o “madres de letras”.

Pero más allá de la construcción de la propia lengua, otro detalle interesante del tejido textual lo aporta el peso —cultural también— que se le atribuye a las nomenclaturas. Por lo generalen las tradiciones culturales semíticas los nombres describen a la persona. El nombre de cada quien da cuenta de sus logros, venturas y desventuras.

Como una ínfima partícula de suficiencia narrativa dentro de la historia personal, cada nombre encierra en sí el sino del cuerpo histórico que nombran. Es por esto que incluso los nombres puedenvariar en dependencia de cómo se vaya configurando (o demarcando) la suerte que entraña la persona que catalogan dentro del devenir de su propio mapa de vida. Muta el nombre, la palabra primera, según va transformándose la propia geografía vital del ser que describen.[2]

En el caso de los nombres de mujeres esto es sumamente interesante y aporta de modo considerable a la reconstrucción crítica de sus historias, puesto que muchas veces su suerte y lo que de ellas ha de ser recordado está contenido precisamente en esa, la arqueología espiritual que configura su nombre. Estos se constituyen en otra parcela epistemológica: lugar desde donde se predetermina y fijan los sentidos de su suerte, de su victoria o también de su condena. En el nombre de cada quien, en especial el de las mujeres, se resumen el corte y los sesgos que habrán de tener su propia historia.

En la lengua griega esta característica de las nomenclaturas no necesariamente contiene una polisemia orientada de manera tan específica hacia este fin de definición de sentido y caracterizacionesa priori de quien nombran. Sin embargo, el análisis de los vocablos no deja de ser una pieza valiosa en la labor crítica de reconstrucción historiográfica.

Así mismo, en la implementación del análisis lingüístico como herramienta crítica de la reconstrucción y comprensión patriarcal de la historia, juegan un rol inolvidable y no menos importante las zonas de silencio. Hay cuerpos de mujeres que vagan por las narrativas invisibilizados porque no los alcanzó siquiera un nombre. Existen además aquellos que son reflejados, como marcas de agua, por detrás de otros cuerpos de mujeres y hombres que la trama textual privilegia nombrándolos. Cuerpos que son enmarcados solo a partir de una función o estatus muy puntual: la hija de…, la esposa de…, la esclava de…, y que paradójicamente llevan un peso importante en la sujeción de una trama narrativa que, sin embargo, los objetiviza y enclava en un rol subordinado previo en el imaginario de donde proviene la autoría o redacción final. Hay mujeres a las que de modo incongruente se les cuenta y suma, descontándolas y restándolas.

Una última instancia también importante desde donde puede despuntar la mirada aguzada cuando de volver a conformar el diseño en la historia de las mujeres se trata, es aquella de la frontera y entre cruce de los propios contextos que conforman las narrativas. Hay un contraste interesante entre el contexto histórico (aquel momento donde el texto alcanzó su forma final, fue compuesto y compilado) y el contexto literario (aquel del cual describe, habla o se pronuncia la narrativa en sí). Reconstruir la historia requerirá no solo el estar apercibidos de que tal condición existe y subsiste en todo tejido textual que hace parte de las piezas de la literatura bíblica, sino también el percibir cómo se relacionan ambos, cuáles matices afines los aúnan, dónde se degrada o contrasta la información o forma de narrar de uno con respecto al otro.

El colocarnos desde estas coordenadas aporta a la historiografía crítica y la hermenéutica en clave de género la posibilidad, entre otras cosas, de observar la evolución sociohistórica de los prejuicios con que se han construido y rearmando en cada situación de poder la narrativa vital de las mujeres. Poner a dialogar las particularidades de cada contexto nos permite vislumbrar cómo cada tradición y memoria narrativa va (in)formando (formando al interior de…) el horizonte de sentido de otros imaginarios.

La lectura desde los ejes del poder y la crítica descolonizadora encuentran hilos conductores posibles a través de este punto de vista.

Despuntando el diseño heredado para nuevos modelos posibles

Esta labor de despuntar, zafar el ensamblaje del modelo hecho, reacomodar las curvas y giros de tejidos, fragmentos y piezas patriarcales, no es solo una cuestión de herramientas. Quien desarma y rearma una historia, no lo hace sino desde la suya propia. Quien renombra, realza, destaca y recoloca los cuerpos de mujeres en la historia, también disloca el suyo allí en sus coordenadas históricas.

Uno de los presupuestos que legitima la labor de reconstrucción histórica en clave de género tiene que ver con la reafirmación del lugar de las experiencias y los sentires como sitios de construcción de conocimiento y saberes; parcelas indispensables para el brote de nuevos sentidos y formas de comprender nuestros modelos heredados, y desde donde es posible despuntar hacia nuevos modelos posibles.

El cambio de forma de pensar, que deseamos y necesitamos, comienza por hacer que el deseo de ese cambio y sus diferentes formas sean necesariamente parte de nuestro pensamiento. Ser conscientes de lo frágil e inoperativo del modelo cultural patriarcal que se nos ha obligado a llevar durante siglos, solo es posible sobre todo percibiendo hacia adentro esas roturas y desgajes, desde el sentir de clara vulnerabilidad e inequidad a que nos obliga y expone una historia cosida “para afuera” desde el mismo.

La hermenéutica feminista, la crítica histórica en clave de género y la relectura contextual y comunitaria desde estas miradas, nos ayudan a palparlos fragmentos textuales desmontando la ideología que arma, escoge y se muestra en sus contenidos, silencios y lenguajes. En la propia labor de descoser, se va liberando el modelo que oprime; pero el proceso no termina ahí. Zafar sin rearmar una propuesta solo deja un panorama poco útil y desarticulado. Es como una denuncia sin anuncio; como un ver y juzgar sin actuar. Y por esto precisamos movernos conceptual y metodológicamente hacia otro paso.

El despuntar implicaun repuntar. Una vez desarmado el modelo textual heredado, identificadas y aisladas con claridad las piezas que conforman su diseño, nos toca recolocar las mismas creativamente, explorando y validando la posibilidad de que estas puedan formar otros modelos posibles, diferentes del que prescribe el patrón patriarcal. Un corte equitativo e integradorque siente a una gama diversa de mujeres y hombres, revistiendo cómoda y bellamente los cuerpos históricos únicos e irrepetibles que somos, haciendo justicia de nuestras distintas maneras y formas de ser, vivir y relacionarnos. Repuntar desde aquí nos ayudará a reacomodarnos allá, en la historia.

Y este quehacer necesita también de cuerpos que no teman a pincharse y sangrar en el proceso, dispuestos a rehacer los modelos y recrearlos sin que se quiebre el hilo —a veces por su fragilidad, a veces por sus nudos—. Se precisan ojos que podrán amar el resultado final de este reajuste a pesar de lo perfectible y vulnerable que podrá lucir estética —e ideológicamente— la nueva camisa. Esto, porque allí donde se descose y reajusta, a pesar de lo actual y viable que puede quedar la nueva hechura, siempre quedan marcas, huequitos que dan cuentas de lo que fue, hoyitos por donde entrará el aire a veces refrescante, a veces gélido, al que continuaremos expuestos en cada nuevo tiempo y etapa de la historia, desde el cual seguiremos dando noticia.

[1] Para profundizar sobre el tema de la conformación yevolución histórica de la lengua hebrea sugerimos que se vea:Rudolf Meyer:Gramática del Hebreo Bíblico, CLIE, España, 1989.

[2] Nótense, por ejemplo, Gn 17:5 y Rt 2:20.

Siguenos y comparte

Richard Marrero Márquez

Webmaster

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

¿Le gusta? compartelo :)